10 AÑOS DESPUÉS
El príncipe Edward paseaba por el bosque cercano al reino Alatar. Sabía que no debía andar por aquella zona, pero estaba aburrido de pasear por su reino. Las chicas lo atosigaban, lo que él quería era tranquilidad. Acababa de cumplir la mayoría de edad, aunque no le importaba en absoluto. No dejaba de pensar en la promesa que su madre le había hecho diez años atrás. Ella pensaba que él no lo recordaba, pero lo tenía muy presente en su día a día. Había intentado encontrar a la chica adecuada, aquella que hiciera que él mundo dejase de girar sólo con su presencia, pero no aparecía… Pensó en Ángela, en lo mucho que la quería, pero aquello no era amor. Ella no era el amor de su vida. Y ella lo veía como un hermano mayor, jugaban juntos muy a menudo, ya que ella todavía tenía 12 años… Era una gran diferencia de edad, aunque en unos años más dejaría de notarse tanto. Siguió paseando por el bosque cuando oyó una voz, y que voz… Sonaba como si un ángel hubiese bajado del cielo. Quería saber a quién pertenecía…
La princesa Jane, aunque ese no fuese su verdadero nombre, paseaba por el bosque del reino. Sus padres, James y Victoria, nunca le permitían salir de los terrenos de palacio, pero aprovechando su ausencia, decidió ir a pasear fuera. No tendrían porque enterarse. Llevaba su libro favorito, Romeo y Julieta, y estaba buscando el lugar adecuado para ponerse a leer con tranquilidad. Tenía que esconder ese libro, porque sus padres no dejaban de decirle que esas historias fantásticas de amor y aventuras no hacían más que corromper su cabeza, haciendo que su imaginación crease cosas que en verdad no existían. Ella pensaba que un amor como el que se tenían Romeo y Julieta era demasiado maravilloso como para ser inventado. Algún día ella conocería a alguien que se convertiría en el amor de su vida, y vivirían juntos para siempre… Aunque el final del libro era trágico, ella no tenía porque acabar igual que ellos. Sus padres no tenían enemigos como los Capuleto o los Montesco, así que podía estar tranquila por aquella parte.
Sus padres insistían en llevarlas a fiestas de sociedad, para que conociese a los chicos de la clase alta. Ella iba obligada, demasiado arreglada como para ir cómoda, y tenía que escuchar a todos los chicos decirle una tontería detrás de otra. Eran tan aburridos… Que si mi padre me comprará este deportivo nuevo, que si en mi hacienda tengo tantos caballos… Ella quería alguien con quien poder hablar de verdad, con quien compartir sus gustos literarios y musicales, que cada día a su lado fuese único y especial…
Finalmente llegó a un claro. Ese lugar era perfecto, el sol entraba entre los árboles iluminándolo entero, y los arbustos con flores parecían el lugar ideal donde sentarse cómodamente a leer durante horas. Se dejó caer suavemente en uno de ellos y comenzó a sonreír. Era todavía más cómodo de lo que había imaginado. Abrió su libro y comenzó a leer, recitando los versos en voz alta. Estaba tan extasiada mientras hacía esto, que olvidó todo lo que tenía a su alrededor. Se quedó callada inmediatamente, mirando fijamente desde donde provenía al ruido, y apareció un chico. Se quedó mirándole a los ojos. Eran de un verde esmeralda intenso, que hacía que perdiera el sentido y la noción de todo lo que tenía alrededor…
Los dos chicos se quedaron mirando fijamente. Ambos pensaban que el otro era una alucinación, la respuesta a sus plegarias después de tanto tiempo. Edward la miró como si fuera la primera vez que podía ver…
- Por favor, no paréis –le dijo Edward a Jane- Seguid con los versos de Julieta. Me encanta esa obra.
- ¿De verdad? –Contestó Jane, poniéndose de pie y dirigiéndose a él- Eres el primer chico que no me dice que la literatura es una tontería…
- ¿Quién os dijo eso? Nada que escribiera Shakespeare podría ser calificado de tontería –le dijo Edward acercándose más a ella y cogiendo su mano.
- “¡Ah, es mi dama, es mi amor! ¡Ojala lo supiera! Mueve los labios, mas no habla. No importa: hablan sus ojos; voy a responderles. ¡Qué presuntuoso! No me habla a mí. Dos de las estrellas más hermosas del cielo tenían que ausentarse y han rogado a sus ojos que brillen en su puesto hasta que vuelvan. ¿Y si ojos se cambiasen con estrellas? El fulgor de su mejilla les haría avergonzarse, como la luz del día a una lámpara; y sus ojos lucirían en el cielo tan brillantes que, al no haber noche, cantarían las aves. ¡Ved cómo apoya la mejilla en la mano! ¡Ah, quién fuera el guante de esa mano por tocarle la mejilla!” –recitó Edward de memoria.
- “¡Ay de mí!” –le contestó Jane, mientras tomaba la otra mano de Edward y quedaban uno frente al otro.
- “Ha hablado. ¡Ah, sigue hablando, ángel radiante, pues, en tu altura, a la noche le das tanto esplendor como el alado mensajero de los cielos ante los ojos en blanco y extasiados de mortales que alzan la mirada cuando cabalga sobre nube perezosa y surca el seno de los aires!” –le dijo Edward, acercándose cada vez más a ella.
- ¡Ah, Romeo, Romeo! ¿Por qué eres Romeo? Niega a tu padre y rechaza tu nombre, o, si no, júrame tu amor y ya nunca seré una Capuleto.- Jane abrazó a Edward y apoyó la cabeza en su pecho. Se sintió protegida. Y también se sintió como no imaginó en la vida: totalmente feliz…
Se me hacia tarde y salí corriendo sin despedirme de él ¿quién era aquel chico del bosque? Era misterioso y atractivo, sus ojos verdes hacían que perdiera mi respiración. Volví al reino no quería que mis padres se enfadaran por estar tanto tiempo fuera, ni sola en el bosque; me habían advertido de los peligros que podía correr yo sola por ahí, ya que los reyes de los reinos Violeta y Linzzer tenían la guerra declarada al reino Alatar. Entre en mi cuarto sin dejar de pensar en él, quería volver a verle, lo necesitaba; vino el arcángel Laurent a mi cuarto, diciéndome que mis padres me esperaban en el gran salón, que necesitaban hablar conmigo; baje sin preguntarle el motivo; el seguramente lo supiese ya que era la mano derecha de mi padre, entre en el salón he hice una reverencia.
-Altezas, ¿Qué queréis?- aunque eran mis padres, les trataba como los reyes que eran.
-Hija no nos llames altezas, tu también eres de la realeza, no debes inclinarte ante nosotros-dijo mi madre con seriedad- eso ya lo hacen nuestro reino al vernos y dirigirse a nosotros.
-Perdonadme-sonreí- ¿Qué queríais papas?- dije amablemente.
-Jane hemos notado tu ausencia, durante la tarde, sabemos que fuiste al bosque, tu sola, lo que prohibimos rotundamente- dijo mi padre con gran seriedad- no queremos que salgas del reino, sin algún acompañante.
-Lo siento, pero el reino ya me lo conozco y me aburre, por eso decidí ir al bosque-dije agachando la cabeza- siento haberos preocupado pero como podéis comprobar, no me sucedió nada, además estuve en compañía de un chico encantador- en mi cara se dibujo una sonrisa.
-¿Un chico Jane?-dijeron mis padres a la vez, levantándose del trono-¿Cómo se llamaba el chico?
-No lo se, no me lo dijo- me quede callada durante un momento- pero era increíble, bellísimo, ojos verdes, pelo cobrizo-volví a sonreír.
-Jane no digas estupideces, sabes que estas comprometida con Mike, el príncipe mago, en dos años que cumplas los 18 años te casaras con él- dijo mi padre
-Pero papa yo no quiero casarme con el, es cruel, además a los 18 soy muy joven, quiero vivir- dije protestando.
-No protestes Jane, no seas una princesa insolente- dijo mi padre con brusquedad- te casaras te guste o no.
Salí corriendo del gran salón hacia mi cuarto llorando, no quería casarme con Mike, amaba a aquel chico del bosque, mi corazón latía por él.
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