Me acosté en la cama, todavía llorando, no podía creerme que mis padres me obligaran a casarme con alguien que apenas conocía, sin amarle y siendo tan joven, me quede dormida tarde, seguramente del cansancio del llanto. Jessica llamo a mi puerta, para prepararme el baño caliente y ayudarme a vestir, odiaba todo eso; nada mas entrar al agua, mi mente recordó los bonitos versos de Romeo con la dulce voz del chico misterioso del bosque.
Edward
Llegue al reino sin dejar de pensar en ella, esos ojos verdes, esos cabellos castaños, aquella voz angelical, la voz de mi padre me saco de mis recuerdos, llevándome de vuelta aquel lugar cruel donde no se encontraba ella.
-Edward, ¿Dónde has estado toda la tarde?-dijo mi padre entre gritos- te hemos dicho millones de veces que no salgas del reino, sin compañía, debes de tener cuidado.
-Padre, lo siento mucho- dije agachando la mirada-pero el reino me le conozco y necesitaba un sitio tranquilo para paseo y gracias a ese paseo-sonreí- conocí al ángel mas bello y maravilloso del mundo.
Mi madre me miro asustada, con la cara desfigurada, se levanto del trono, viniendo a mí poco a poco, cambiando el semblante a que se acercaba.
-Hijo mío-me abrazo- tus ojos me dicen que estas enamorado.
-Si, madre es cierto-dije respondiéndola al abrazo- quiero volverla a ver, mis latidos me lo piden para poder seguir su marcha.
-Hijo no debes enamorarte, estas comprometido con la princesa Ángela Swan, pero-se separo de mi un poco-¿como se llama la afortunada de robar el corazón de mi hijo?
-Madre, no lo se, estábamos hablando de literatura y salio corriendo, sin despedirse ni decir nada- me entristecí- no se de donde es, ni a que reino pertenece.
-Edward hijo mío- dijo mi padre-conoces a la gente de casi todos los reinos excepto del Reino Alatar—me miro- cosa que esta terminantemente prohibido, si esa chica tiene algo que ver con el lado oscuro; será condenada a muerte en nuestro reino- dijo Carlisle duramente.
-pero padre- dije replicando.
-nada, Edward, márchate ahora mismo a tus aposentos, a pensar todo con cabeza y frialdad, no siempre podemos seguir los latidos de nuestro corazón, porque eso nos debilita ante el rival.
Salí del salón enfurecido, no tenia el apoyo de mis padres, no quería a Ángela, la veía como a mi hermana de pequeña, querían unir nuestros reinos pisando nuestra felicidad, necesitaba volver a ver a mi ángel, volver a escuchar su linda voz, saber su nombre, de donde procedía, subí a mi cuarto y me acosté en la cama, mi mayor pesadilla vino a mi mente, la boda con Ángela Swan, me desperté de repente, ya era de día, me vestí y salí a cabalgar por el reino, sabia que mis padres andarían vigilando que no saliese solo de él.
Cuando crucé las puertas de palacio oí un caballo que se acercaba. Me giré para averiguar quien era y me encontré con Emmet, mi escudero, que venía tras de mí.
- ¿Dónde vais?- le pregunté con un tono un tanto molesto.
- Sus padres me dijeron que tenía que vigilarle. No me dijeron la razón, alteza, pero sabéis que no puedo desobedecer sus órdenes –me contestó
- Por favor, no me llames alteza, sabes que lo detesto… -le dije mientras mi cabeza bullía buscando una forma de librarme de él y salir en busca de esa chica.
- Es mi deber, señor. Sería una grosería por mi parte llamaros de otra manera. Por cierto, ¿dónde ibais?
- No lo tenía decidido todavía –le contesté mientras seguía pensando. De pronto, una idea vino a mi cabeza- ¿Qué te parece si vamos de caza? Hace mucho tiempo que no salimos…
- Me parece una excelente idea, mi señor. Cojamos las cosas necesarias y vayamos, pues.
Salimos ambos hacia el bosque, cada uno con su arma, que consistía en una escopeta y cada uno llevaba unos cartuchos. Nos fuimos al bosque reservado para la familia real, nos bajamos del caballo, y nos pusimos a buscar a alguna presa. Emmet iba delante de mí, así que en un descuido le di con fuerza con la culata del arma. Él cayó al suelo, inconsciente. Miré por si le había hecho alguna herida de gravedad, pero no había nada. Como mucho en 15 minutos volvería a estar despierto, así que no tenía tiempo que perder. Volví a montar en mi caballo y me dirigí hacia el bosque de ayer.
- Voy a ver a mi Julieta –dije mientras una sonrisa se dibujaba en mi rostro…
Bella
Estaba desolada. Mis padres me habían prohibido volver al bosque sola, y sobre todo, me habían prohibido volver a ver a mi chico misterioso. Eso me dolía más que cualquier otra cosa, necesitaba volver a verle, saber su nombre y seguir recitándonos mutuamente versos de Shakespeare al oído. Pero todos esos sueños y deseos morían dentro de mí.
Abrí mi libro de Romeo y Julieta, y recité de nuevo los versos que nos dijimos en el bosque para mí misma, mientras recordaba sus palabras, sus ojos, sus labios, su olor… Dejé que la literatura me invadiese y me permití fantasear con que era Julieta, y aquel chico era mi Romeo, y que podríamos abrazarnos libremente, sin miedos ni impedimentos…
Cuando más ensimismada estaba, mi aya me llamó. No la tenía en gran estima, ya que era una chica fría y meticulosa, no le gustaba que nada escapase a su control. Infinidad de veces me quejé de ella a mis padres, pero ellos decían que para educarme había que tener mano dura, y Tanya tenía suficiente de eso para mí. Salí en su busca, porque si me retrasaba tendríamos alguna disputa, y no quería hacer enfadar más a mis padres.
- ¿Qué queréis? –le pregunté en cuanto llegué a sus aposentos.
- Vuestros padres me han comentado sobre el incidente del bosque. Eso me hace pensar que he descuidado vuestra educación, y que debería teneros un poquito más controlada –me dijo ella sin inmutarse, lo que hizo que yo me enfadara.
- ¿Un poquito más controlada? Si apenas salgo del castillo, y rara es la vez que lo hago sin compañía. –empecé a decirle un tanto moleste- ¿Qué queréis de mí? ¿Qué me aten en mi cuarto como si fuera un vil ladrón y sólo soltarme para las comidas y las horas de estudio?
- No seáis tan dramática, princesa Jane –dijo ella sin cambiar la expresión de su rostro- gozáis de más libertad de la que deberíais, y además, una jovencita de vuestra edad no debería salir nunca sola de casa. Pero cambiemos de tema. Os he llamado para informaros que a partir de ahora, dedicaremos las tardes a enseñaros labores del hogar para prepararos para vuestro futuro matrimonio.
- No pienso casarme con Mike, así que no es necesaria las labores de aprendizaje.
- No os estoy pidiendo permiso, princesa. Sólo os estoy informando de lo que haréis, tanto si os gusta, como sino –dijo Tanya, visiblemente molesta de ver como la contradecía. Una idea vino de pronto a mi mente, y tuve que ocultar mi sonrisa para que no descubriese mis planes.
- De acuerdo, ama. Será como vos digáis –le contesté con tono mordaz, mientras me giraba de vuelva a mi cuarto, intentando no correr demasiado.
Cuando llegué a mi habitación, cerré la puerta con llave para que nadie me sorprendiese. Me dirigí hacia mi cama, pero en vez de acostarme, me metí debajo y busqué el tablero que estaba suelto. Lo había descubierto unos años atrás y allí escondía todo lo que tenía cierto valor para mí, para que ni Tanya ni mis padres lo encontrasen y me hicieran deshacerme de ello. Busqué entre todos mis recuerdos, hasta que encontré el libro que estaba buscando, “Plantas medicinales, infusiones y propiedades”. Sonreía mientras buscaba lo que quería, hasta que llegué a una página en especial: “Polvos de sueño, vierta estos polvos en cualquier comida o bebida y en poco tiempo disfrutará de un relajante y placentero sueño”
Lo sentía mucho por Tanya, porque mis padres le echarían una buena regañina… Pero quería volver a ver a mi Romeo, y ella no me lo ponía nada fácil.
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