Los días pasaban lentamente en el castillo. Andaba de un lado a otro, sin vida, sin dejar de pensar en las palabras que Edward me había dicho. Él no me recordaba, no sabía nada sobre mí, y menos aún de nuestro hijo. Todo lo que habíamos pasado, todo lo que habíamos vivido juntos, para él, no existía.
Cansada de deambular sin rumbo, fui de nuevo a mi habitación. Quería irme de allí, escapar a cualquier lugar donde mis recuerdos no me encontrasen, pero Esme no me lo permitió. Me dijo que era su invitada, que me quedara allí ya que dado mi estado y que me estaban buscando, era peligroso salir de palacio. Pero yo ya no tenía nada que hacer allí.
Todos los días pasaba a ver a Edward. Intentaba aprovechar sus horas de sueño para visitarle, y así poder tocarle, hablarle y cogerle la mano, como si nada hubiera pasado. Cuando él despertaba y me veía a su lado, su mirada de incertidumbre, de confusión, hacía que mi corazón se desgarrase lentamente. Así que normalmente iba de noche, me sentaba a su lado, cogía su mano y vigilaba sus sueños. Algunas veces se removía inquieto, pero otras, permanecía sereno y tranquilo toda la noche. Se me hacia sumamente doloroso permanecer ahí, con él, pero pensándolo seriamente, tanto con la cabeza como con el corazón… no quería irme a ningún otro lugar donde no estuviera él a mi lado. Tenía la esperanza de que recuperase la memoria, sorprendiéndome, como siempre hacia, me dijese todas las cosas hermosas que siempre me había dicho, y me recitase mis versos favoritos al oído…
Cuando comenzó a amanecer, vi que Edward se removió suavemente entre las sábanas. Eso sólo significaba que estaba a punto de despertar… así que me levante, como hacia todas las mañanas, para volver de nuevo a la habitación donde dormía. Con mucho cuidado me incliné, y deposité un suave beso en su frente, lo que provocó que terminara de despertar. Me miró, sus ojos muy abiertos, por la sorpresa de verme en esa posición. Me sonrojé tenuemente, aunque no creo que él llegara a percatarse, ya que rápidamente, pero con suavidad, me giré y salí de su habitación. Me hacia tanto daño mirar sus ojos…
Edward
Desperté cuando sentí una suave caricia en mi frente. No hacia falta abrir mis ojos para saber quien era, ya que su olor a fresas me inundó por completo. Sabía que era ella, la chica misteriosa de ojos verdes, pero necesitaba verla de nuevo. Abrí mis ojos de golpe, y la miré. Quedamos conectados unos segundos con la mirada, provocando que ella se sonrojara levemente, pero antes de poder decirle nada, ella se marchó, como hacia siempre. Quise gritarle que esperara, pero antes de darme cuenta, ella ya no estaba en mi cuarto. Intenté ponerme de pie para seguirla, pero la herida de mi costado me tiraba mucho, por lo que acabé de nuevo acostado en la cama, resoplando y recorriéndome un sudor frío por todo el cuerpo debido al dolor. Me quedé tumbado hasta que mi respiración volvió a normalizarse, mirando en dirección al techo, mientras me esforzaba en recordar… Quería saber quien era ella, sabía que había sido alguien importante en mi vida, algo dentro de mí me lo decía, sobre todo la forma en que mi piel reaccionaba en contacto con la suya, esa chispa eléctrica que conseguí alterar hasta la última neurona de mi cuerpo…
El sonido de alguien abriendo la puerta de mi cuarto me sobresaltó. Giré para ver quien había entrado, encontrándome con el doctor, que venía a hacer su revisión diaria. Me quitó los vendajes, el del costado y el de la cabeza, revisó mis heridas, me echó un ungüento para que sanara antes y volvió a vendarlo todo, para que no corriese riesgo de infección. Todavía me dolía bastante y el contacto de su piel en mis heridas provocaba que se me escapasen gemidos debido al dolor. Él me miraba, con ojos de disculpa, pero seguía impasible en su trabajo.
Cuando terminó, se fue, sin decirme una sola palabra, y acto seguido, entró mi madre a la habitación. Buscó algo con la mirada, pero no debió encontrar lo que esperaba, porque la sonrisa que llevaba en su rostro perdió luminosidad. Así que sólo se me acercó, se sentó a mi lado en la cama y me arrulló en sus brazos. Empezó a tararear algunas canciones de cuna y yo notaba como mis ojos se cerraban lentamente. “Todo tiene que salir bien” fue lo último que la escuché decir, antes de perder la conciencia y perderme en el mundo de los sueños.
Bella
Los días pasaban lentamente, simulando semanas. Ya había perdido la cuenta de cuanto llevaba en el castillo, pero mi barriga empezaba a sobresalir, impidiendo ocultar por más tiempo mi estado. Ya ni tan siquiera visitaba a Edward, porque no quería que él me viese así.
Había perdido peso, lo que a Esme la preocupaba mucho, insistiéndome en que comiese más, por mí y por el bebé, pero la comida se me hacia insípida en la boca. Nada tenía sabor, nada me motivaba, nada me hacia sonreír. Había perdido la razón de mi existencia, él no sabía quien era yo, y ya nada tenía sentido. Intentaba sobrevivir, y aunque amaba a mi pequeño, que crecía lentamente en mí, no tenía fuerzas para salir adelante.
Pasaba el día en la cama, tumbada, mirando por la ventana, recordando los momentos que pasé junto a Edward: la primera vez que nos vimos, las veces que nos escapábamos para vernos en el bosque, nuestra noche en el claro… las lágrimas caían, sin control, por mi rostro y no podía evitar sentirme tan desgraciada. No dejaba de preguntarme una y otra vez si yo no merecía ser feliz. Mi vida no había sido agradable, mi infancia, desdichada, y mi adolescencia, demasiado controlada. Cuando encuentro al amor de mi vida, descubro que somos enemigos. Cuando por fin nos decidimos a estar juntos, me entero de mi procedencia, y por mi testarudez huí de su lado, lo que provocó la noche con Mike… más lágrimas vinieron a mi rostro al recordar aquella noche. Ahora, por último, para colmo de males, estaba embarazada de él, sí, de mi Edward, pero él no sabía nada sobre mí. No sabía que iba a ser padre, y que este bebé fue fruto del amor más hermoso que pudo sentir jamás una pareja anteriormente. Si tan sólo las cosas hubieran sido un poco diferentes…
Seguí llorando un rato más, hasta que ya no quedaban más lágrimas en mi interior y conseguí calmarme. Volví a mirar por la ventana, hasta que mis párpados poco a poco comenzaron a cerrarse y me dormí, en un sueño intranquilo y poco reparador, como había sido cada noche desde que él me había abandonado…
Me levante de la cama notando un dolor muy fuerte en mi vientre, unos pinchazos desgarradores; la perdida de memoria de Edward me había tenido muy nerviosa, ni siquiera había querido llamar a las hadas y duendes e ir al Reino Violeta a contar la verdad sobre mi identidad. Carlisle y Esme me habían permitido quedarme durante estos últimos siete meses en el reino, con Edward sin memoria y yo con mi embarazo tan avanzado no habían querido avisar a los reyes del Reino Violeta.
Avise a Esme de los dolores y pinchazos y ella aviso de urgencia al medico, nada mas llegar el doctor note como se me humedecían las piernas, rompiendo aguas; me llevaron en brazos hasta mi dormitorio, donde comenzó el parto, notaba cada vez mas dolores y como me iba quedando sin fuerzas, solo empujando para traer a mi pequeño al mundo, cuando oí su primer llanto, mis ojos se fueron cerrando, notando como mi cuerpo sin vida, y oí una voz familiar llamándome, mi ángel.
Edward
Entre en aquella habitación de la que venia el llanto de un niño y las voces del doctor, cuando la vi en la cama tendida y agarre su mano, cerrando los ojos e intentando darla fuerzas, cuando empezaron a pasar imágenes por mi mente; la primera vez que la vi en aquel claro apoyada en el árbol recitando Romeo y Julieta, cuando intentamos fugarnos y huyo, cuando la encontré en el Reino Granadine y volvimos aquí, mi lucha con Mike y la muerte de él con mi herida en el dorsal y la cabeza.¿Como podía haber olvidado a mi amada, mí Julieta?
Agarre fuerte su mano, dándole todos los ánimos que podían transmitirle; habían sacado a mi pequeño de la habitación, ni siquiera había visto su cara. Ahora mismo solo me importaba la vida de mi amada, tenia que luchar por su vida con todas las fuerzas que la quedaban.
-Isabella mi amor-dije entre lagrimas-vive, por favor.
Bella
Empecé a notar como mi cuerpo recuperaba fuerzas poco a poco, oía la voz de Edward, suplicándome que luchara por mi vida, se acordaba de mi, eso hizo que sacara fuerzas para luchar por mi vida, para poder estar con él y mi pequeño bebe, abrí los ojos lentamente; buscando con la mirada a Edward, se encontraba a mi lado.
-Edward,¿y nuestro pequeño? quiero verle- dije con voz temblorosa y sin fuerzas.
-Mi amor le sacaron de la habitación, casi te perdemos, nos distes un susto enorme- dijo sin soltarme la mano.
-Quiero ver a mi pequeño Anthony, por favor-dije con tono suplicante.
-¿Anthony? ¿Se llamara así?- dijo esbozando una sonrisa en su cara.
-Si, me entere que es tu segundo nombre y pensé que era una bonita manera de demostrarte que te amo mas que a nada, ya nació nuestro pequeño-dije alegremente y vi como Edward salía de la habitación y volvía a entrar con nuestro pequeño en sus brazos; acercándose a la cama y poniéndomele en los brazos, se le veía tan hermoso dormido, se parecía mucho a su padre.
-Es hermoso-se me empezaron a caer lagrimas de la emoción de tener a mi pequeño en brazos- se parece muchísimo a ti.
-Me han dicho que tiene tus ojos verdes-dijo Edward sonriendo-esos ojos que me cautivaron.
Me quito el niño de los brazos y al instante caí dormida dejándome descansar; estuve una semana en cama por órdenes del doctor, para recuperarme cuanto antes.
Le levante de la cama, no aguantaba mas allí, baje al gran salón, allí se encontraban todos Esme, Carlisle, Jasper, Edward y Rosalie que tenia a mi pequeño en sus brazos.
-Buenas tardes a todos, espero no llegar tarde para comer, me encuentro con bastante hambre-dije sonriendo-
-Isabella,claro que llegas a tiempo, justo nos iban a servir la comida ahora mismo, pediré que coloquen un cubierto mas-dijo Esme con amabilidad sonriendo- nos alegramos tenerte de vuelta, tanto Edward como el pequeño te echaron de menos.
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