Vivíamos en distintos cuartos, pero nuestros cuarto es estaban al lado, casi todas las noches ella venia a mi cuarto para poder descansar juntos, mis sueños eran tan alegres, tan emocionantes…viviendo juntos nuestro amor Isabella y yo, ella el tema de su nombre no había dicho nada, por lo que no di mayor importancia, habíamos hablado de viajar hacia mi reino, donde la daría cobijo, aunque mi padre se enfadara y me desterrara, algo tendría que pensar.
Al día siguiente recogimos las pocas cosas que teníamos y nos pusimos en marcha, marchándonos de aquel reino el cual nos había dado cobijo durante nuestra estancia en él, nos dirigíamos a mi reino, donde prometí a mi madre volver, estábamos en las profundidades del bosque cuando él y su caballo nos impidieron el paso, solo estaba él sin su guardia, algo extraño, pero mas fácil de esquivar para poder seguir mi camino con mi amada.
-¿A donde creéis que vais? no dejare que te lleves a mi esposa contigo a ningún lado, maldita sea, ella es mía, ella me pertenece-dijo enfurecido Mike.
-Te equivocas Mike, ella no es de nadie, no es un trofeo el cual ganar, ella es un ángel y no se merecía el trato sucio que la distes-dije mirándole furiosamente- hacerla tuya a la fuerza, eso es de ser un cobarde.
-No te atrevas a insultarme, porque acabare con tu vida, devuélveme a Jane, como esposo tengo derecho de reclamar lo que es mío-puso su caballo al lado del mío, ofreciendo la mano a Isabella, la agarre de la cintura, para no dejarla ir, si hacia falta lucharía, moriría, pero ella con Mike no volvería.
-No vuelvo avisarte, déjala que vuelva conmigo o tendremos que pelear-dijo Mike sin dejar de ofrecer la mano a Isabella.
-Edward he de irme con él, no podré soportar la idea de que resultes herido o incluso mueras por mi-dijo Isabella mirándome con los ojos vidriosos.
-No, Isabella no lo hagas, no cometas esa estupidez, hazlo por ese bebe que esperas-dije llorando.
-¿Bebe? ¿Un hijo nuestro mi querida Jane?-dijo Mike sonriendo-me haces el mas dichoso.
Mire a Mike con furia y rabia, tenia el valor de creerse que ese bebe había sido engendrado al hacer suya a la fuerza a mi amada, a mi precioso ángel, ese bastardo debía de morir, no podía permitir que ella volviese junto a el y que la volviera hacer eso o algo peor, saque mi espada apuntándole.
-Entonces deseas luchar por ella-dijo Mike riéndose estrepitosamente- deseas luchar para ver quien se lleva el gran trofeo.
-No, quiero luchar para matarte y que no puedas volverla a tocar-me baje del caballo, dejando encima a Isabella- vete lejos con el caballo, cabalga todo lo rápido que puedas.
Mike se bajo de su caballo atándole a un árbol y saco su espada, amenazante, vi como Isabella me miraba encima del caballo y se alejaba con lagrimas en los ojos, yo me acerque a Mike dando a entender que la lucha debía de empezar, movió su espada rápido intentando cortarme en mi pecho, pero conseguí parar el golpe con mi espada, haciéndole un corte en el brazo, la lucha se hacia intensa, dolida, llevábamos un rato y clave mi espada en el estomago de Mike, pero antes de caer muerto me clavo la espada en mi dorsal, profanando un grito desgarrador y cayendo al claro dándome un fuerte golpe en la cabeza contra una piedra
Bella
Seguía cabalgando cuando oí un grito, su grito, era mi romeo, di media vuelta y me dirigí de nuevo aquel claro, donde los vi a los dos en el suelo, me baje del caballo acercándome corriendo a Edward y tomándole el pulso, todavía seguía vivo, pero su pulso débil, debió llevarle rápido a su reino o moriría, sabia que no estábamos lejos, pero era muy arriesgado, le subí al caballo casi sin entender de donde saque la fuerza para hacerlo y me aleje de aquel sitio todo lo rápido que podía, anocheció y apenas se veía nada, pero no podía o Edward moriría, esa simple idea me atemorizaba, salimos de un bosque profundo cuando vi el reino a los lejos, eso hizo que me animara y siguiera luchando por llegar con las pocas fuerzas que me quedaban.
Entramos en el reino llegando al castillo donde entre corriendo y llorando, chillaba dando el aviso de que traía a su príncipe herido de gravedad, salio un hombre rubio alto y una señora de cabellos castaños, muy joven, supuse que eran sus padres, por sus vestimentas.
-¿Qué le sucedió a mi hijo?-dijo el hombre acercándose y cogiendo a Edward en brazos ¿Y que haces tu aquí?-dijo con brusquedad-No queremos problemas con tu reino y el de tu esposo.
Eso hizo que me rindiera totalmente y cayera de rodillas al suelo, llorando desconsoladamente, note unos brazos abrazándome y ayudándome a poner de pie, cuando la vi a ella, la madre de Edward me miraba triste pero tenía una sonrisa leve en la cara.
-No quiero daros problemas, pero vi tan grave a Edward que no podía dejarlo solo, no podía-dije sin dejar de llorar y agarrando todavía a la mujer- estábamos cerca porque veníamos hacia aquí, cuando Mike nos rodeo en el bosque y Edward y Mike se quedaron luchando, volví cuando oí el grito de su hijo, no podía dejarle morir así, es el padre de mi hijo y la persona que amo-derrumbándome totalmente, quedando inconsciente.
Cuando desperté me encontraba en una cama y la mujer de nuevo a mi lado sonriendo, parecía estar feliz de que yo estuviera aquí, me miraba con ojos tan melancólicos y cariñosos que me hizo sentir cómoda, como nunca me había sentido, me hacia sentir un cariño de madre que nunca antes había sentido.
-Por fin despertaste, me tenias asustada, llevas dos días inconsciente-dijo mirándome triste- no sabíamos que mas hacer por ti, además veía esa pequeña barriguita, mi nieto-dijo sonriendo alegremente- debes de cuidarte, quiero tener un nieto fuerte y saludable, a propósito soy Esmeralda, pero llámame Esme, es un placer por fin conocer a Isabella Swan.
-¿Cómo sabes que el bebe que espero es de Edward? ¿Y como sabe lo de Isabella Swan?-dije mirándola asombrada.
-Mi hijo me lo contó todo, por eso te traía al reino, porque le pedí que volviera contigo, quería conocerte a ti y a mi nieto-dijo con una leve sonrisa- conozco desde hace mucho a tus padres y cuando desapareciste su reino se torno en gris, por tu perdida, Ángela tu hermana menor, nunca ha recibido el trato adecuado de tu madre, ya que al perderte a ti, cayo en una inmensa depresión-dijo mirándome- tu eras la elegida para casarte con Edward desde el día de tu nacimiento, pero al desaparecer y querer unir nuestros reinos, se prometió con tu hermana menor.
-Edward, ¿Dónde esta y como se encuentra? necesito verle-dije intentando levantarme de la cama-necesito saber como esta.
-Tranquilízate Isabella, en tu estado alterarte no es bueno, no quiero que vuelvas a desmayarte-me agarro dulcemente del brazo-acompáñame, te llevare junto a él.
La seguí a través de todo el palacio, dejándome guiar por ella. Me encontraba sumamente nerviosa por el hecho de que la madre de Edward supiera tanto sobre nosotros, aunque si él confiaba en ella… Ciertamente, tenía aspecto de ser una gran mujer, y era sumamente cariñosa. Pero aún así, me ponía nerviosa tanta amabilidad. Sería que no estaba acostumbrada. Llegamos a una puerta, ella la miró y después se giró hacia mí.
- Edward está ahí dentro. Os dejaré solos para que estéis más cómodos. –me dijo con una sonrisa. Yo intenté devolvérsela, pero creo que en vez de ello me salió alguna extraña mueca. Le musité un rápido “Gracias” antes de abrir la puerta y entrar.
Cuando pasé a la habitación, me quedé totalmente helada. Edward estaba allí, durmiendo, pero tenía un aspecto muy demacrado… Se encontraba pálido, su rostro ojeroso, con una gran venda en el pecho y otra en la cabeza. Me acerqué hasta él y tomé su mano mientras intentaba controlar mis lágrimas. Desde que estaba embarazada mis hormonas me hacían llorar más de lo acostumbrado en mí, pero no podía evitarlo. Cogí su mano con suavidad y le quité algunos de los cabellos que le caían por la cara. Me quedé mirándolo durante un rato, hasta que vino Esme y me dijo que venía el médico a revisarle. Salí fuera de allí, con los ojos todavía un poco llorosos debido a la preocupación.
- ¿Has comido algo? –me preguntó Esme, mirándome con ojos amorosos.
- No, la verdad es que no. –le contesté con sinceridad- pero tampoco tengo mucha hambre.
- Eso da igual, debes comer, por ti y por tu pequeño, para que se crezca sano y fuerte. –dicho esto, me cogió del brazo con suavidad y me hizo acompañarla hasta la cocina. Una vez allí ella misma me preparó algo, mientras la miraba con los ojos abiertos como platos. ¿Una reina metida en la cocina?
- No hace falta que prepares nada… si la cocinera no está, podemos venir más tarde –le dije para que no se molestara. No quería incomodarla.
- No pasa nada cariño –me contestó, mientras bullía de un lado a otro, buscando los ingredientes para lo que fuese a preparar- hoy la cocinera tiene el día libre, y a mí me encanta bajar a preparar algo de vez en cuando. Me encanta cocinar, aunque esté mal visto que yo lo haga. –Esto me hizo sonrojarme. Parecía que había adivinado mis pensamientos. Ella me miró y lo único que hizo fue sonreír, con aquella sonrisa tan característica de ella: amigable, amable, dulce… Mi madre nunca había sido así.
Después de un rato tenía delante de mí un gran banquete: zumo de naranja, panqueques, bollos de crema, leche, café, cacao… Creí que sería imposible comerme todo eso por mí misma, pero Esme se sentó a mi lado y las dos comimos sin hablar, aunque se trataba de un silencio cómodo, en el que no había la necesidad de romperlo con palabras insulsas. Terminamos de comer con tranquilidad, y nos pusimos entre las dos a recoger todo y a fregar los platos y demás. Cuando ya todo estuvo recogido, subimos de nuevo a la habitación de Edward.
El médico se encontraba todavía en la habitación, así que nos quedamos fuera esperando a que terminase. Estaba cambiándole los vendajes con mucho cuidado, aunque alguna vez oíamos a Edward quejarse, porque probablemente le haría daño. Cuando el médico terminó, salió fuera y le dijo a Esme si podía hablar con ella. Esme me miró, me hizo el gesto de que entrase a la habitación, mientras ella se quedaba hablando con el doctor. Yo no lo dudé ni un momento, así que entré al cuarto, y una vez allí, vi a Edward despierto. Se encontraba mirando por la ventana, levemente incorporado en la cama. Me acerqué a él rápidamente y le abracé, sobresaltándolo.
- ¡Me diste un susto de muerte! –le recriminé, mientras le miraba a los ojos. Él me miró con extrañeza, aunque ignoré aquello.- pensé que no ibas a sobrevivir y yo… yo… -las lágrimas vinieron de nuevo a mis ojos, y volvía a abrazarle. Había estado tan preocupada… Pero Edward, en lugar de devolverme el abrazo, me separó con suavidad de él y, mirándome a los ojos, soltó la frase más dolorosa que había escuchado en mi vida.
- ¿Quién eres? ¿Te conozco?
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